domingo, 10 de agosto de 2008

TOSTADA DE CEVICHE



La realidad de México oscila entre dos polos: El caviar y las tostadas de ceviche.

Por desgracia el México del caviar no siempre es de un mundo feliz.

Me topé con una carta publicada en varios sitios de internet donde en primera persona, el padre del muchacho secuestrado habla de cómo vivió la pesadilla que le arrebató a su hijo.

Aquí un fragmento:
Imagine este escenario por un momento. Piense que usted es la persona que está hablando, póngase en sus zapatos, sólo el tiempo que le tome leer este texto.
"He sido muy afortunado, Dios me dio la oportunidad de tener un hijo, un hermoso niño que sólo pedía una cosa: cariño. Para eso había venido al mundo: para amar y ser amado. Lo acogí en mis brazos y crecimos juntos. Nos complementamos, yo tenía la necesidad de ofrecer ese cariño que él tanto requería. Tuve la oportunidad de darle algo mejor: una familia que vivía en armonía; una mamá, una hermana y un hermano.
Recuerdo el primer día que me dijo “papá” y sentí como el cielo se abría, los pájaros cantaban y el sol iluminó el mundo. De la mano íbamos a su escuela. Los primeros días se le llenaban los ojos de lágrimas, no quería despegarse de mí, pero pronto encontró su mayor interés por el colegio: sus amigos. Además, se divertía jugando fútbol y adoraba la música.
Jamás olvidaré su expresión cuando logró descifrar “m a m á”, cuatro letras que comprendían el universo entero. Dios nos colmaba de bendiciones. Pasaron los años, me sorprendía ver cómo mi pequeño niño se hacía un hombrecito, que maduraba a pasos agigantados, que crecía para ser casi de mi tamaño. Amamos la vida.
Cumplió catorce años, lo celebramos juntos, en familia con algunos amigos. La vida nos sonreía. Pero un día el cielo se nubló, los pájaros enmudecieron y la tragedia invadió nuestros corazones: en el camino por donde pasaba mi hijo, se cruzaron unos hombres desalmados, personas que no podrían ser descritas con un adjetivo porque no los hay para poderlos describir. Me avisaron que mi hijo acababa de ser secuestrado, ¿cómo?..., ¿cómo podía ser aquello?..., iba acompañado de un chofer y también se lo habían llevado. Al parecer, los plagiarios eran o se hacían pasar por policías.
La noticia me dejó pasmado. No tenía idea de cómo actuar. Por fin nos confirmaron el plagio y pidieron rescate. Sí, querían dinero a cambio de mi hijo, ellos decían que esa era “la negociación”. También me dijeron que recibiría un presente para que supiera que hablaban en serio. De eso no cabía duda. Al día siguiente, el drama fue mayor, localizaron un cadáver en la cajuela de un coche, era el chofer, amigo de nuestra familia que cumplía responsablemente con su deber y que dejó en duelo a los suyos ¡¿Por qué sacrificar así a un hombre inocente?!"
[Hasta aquí habla el padre de familia]


Nos duele a quienes somos padres o madres de familia, siquiera pensar en un minuto así.
Desgraciadamente también es una realidad la pobreza que asoma por varios rincones del país.
Este fin de semana fui a comer con mis niños, mi madre y mi esposo al mercado de San Juan de Dios en Guadalajara, donde la realidad de carencias y escasez, salta a cada paso, pero es tan cotidiana que es fácil ignorarla.
Mientras comíamos entre un desfile de pedigüeños, dos niños de la calle se acercaron, uno con la consabida frase, “me da dinero”, a la que respondimos con un trillado, “horita no”, el otro niño se limitó a decir “me regala la tostada que le sobró”, yo accedí, el niño le untó salsa catsup y se la comió en dos mordidas. Se alejó, no sin antes preguntar, ¿no le sobra otra?, pero ante nuestra negativa se fue.
De inmediato reflexionamos, el niño no quería dinero, nada más una tostada para calmar su hambre, así que lo llamé y ni tardo, ni perezoso se volvió a acercar. ¿Quieres una tostada de ceviche?, ¡Siiii!, me dijo.
Es cierto, el hambre de ese niño se calmó por un rato, pero es peor ponernos una venda en los ojos, decir “horita no” y hacer como que la miseria en México no existe.

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